SANTO TOMÁS DE VILLANUEVA Y SU ESPIRITUALIDAD MARIANA
Ya he dicho que María fue uno de los grandes amores de Santo Tomás. Sintió por ella una auténtica veneración y admiración, siendo notable su dominio de la Escritura y de los Santos Padres, y su fidelidad al sentir de la Iglesia cuando predicaba sobre la Virgen maría.
Recientemente, traducidas y publicadas en diez tomos las Conciones o sermones del Santo, tarea ingente de los religiosos agustinos que la Iglesia tiene que agradecer y que, a todos los devotos de Santo Tomás, nos ayuda a insistir en que sea proclamado Doctor de la Iglesia, el tomo VII está dedicado a los sermones de la Virgen María. Son treinta y uno sermones predicados en distintas fiestas de María: cuatro en la Inmaculada, cinco en la Natividad, uno en la Presentación, siete en la Anunciación y dos sermones de nuestra Señora sin fiesta definida.
Antes de pasar a comentar uno de los sermones, como no puede ser en mí de otro modo, como Rector de UN Colegio Mayor-Seminario de Santo Tomás, el de la Presentación, en el que veremos algunos rasgos de la preciosa predicación del Santo para hacerse inteligible a la gente de su tiempo, diré que en sus condiciones marianas, llenas de ternura, por una parte, en lo que muestra su amor y su devoción entusiasta a María, el santo resalta de un modo categórico su maternidad divina, clave para su encumbramiento sobre todas las criaturas humanas y angélicas: “¿Qué se puede decir de María que no esté contenido en estas dos palabras: Madre de Dios” conción 268.
Ciertamente, las conciones marianas de Santo Tomás están plagadas de citas de los Santos Padres, de San Bernardo, San Anselmo, Santo Tomás de Aquino, lo que muestra la vastedad de sus conocimientos y de su estudio detallado. No es la doctrina, ni siquiera sus hallazgos espectaculares, lo que nos interesa, es el espíritu moderno de espiritualidad y fe que informa su modo personal de exponer las verdades reveladas. Santo Tomás siente y hace sentir lo que dice, de ahí su prestigio y su magisterio seguido por tantos, especialmente, por los religiosos agustinos. No en vano, fue llamado por Menéndez y Pelayo el “último Padre de la Iglesia española” Y por Francisco de Quevedo “monstruo de santidad, de humildad, de pobreza, de espíritu, de oración y de milagros”.
El Sermón de la “Perla”
Decía San Vicente Ferrer, el gran santo valenciano, que hay que predicar con ejemplos que el pueblo pueda entender. Así lo hacía Santo Tomás. Ambos santos coincidían en su predicación certera y agresiva y en la devoción al Santísimo Cristo del Salvador e invitaban a ir a pedirle y a rezarle en su Iglesia; por ello están sus esculturas en los laterales del altar mayor de esa Iglesia.
En la conción 271, en la fiesta de la Presentación de María en el Templo, dice el Santo que entre todas las producciones naturales no se conoce otra más excelente que la de las perlas. Las conchas (según Plinio) al sentir el estímulo en el momento propicio para la reproducción, abriéndose como en un bostezo, se llenan de una cierta concreción de rocío. A continuación, como embarazadas, pugnan por darle salida y lo que paren las conchas son las perlas, diversas según la cantidad de rocío acaparada, siendo sobre todo el cielo el que produce mayores ejemplares, de tal modo que sienten mayor atractivo por el cielo, que es su componente, que por el mar y parece como si sólo en el cielo se sintieran alegres.
La perla es Cristo. San Agustín, en un largo comentario, habla de los numerosos nombres que se dan a Cristo. Termina diciendo que es el Camino, porque a través de Él tenemos acceso al Padre. Es la Verdad porque no conoce la mentira. Es la Vida porque transmite vida. Santo Tomás añade que además, Cristo es la Perla, porque no puede haber nada más valioso que Él. No es una perla sólo por su inmenso valor, es que, además, su encarnación se asemeja muchísimo a la formación de las perlas. La concha, o sea el seno de la Virgen, se llena de rocío del cielo. “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra” (Lc 1,35). Así pues, como perla dentro de la concha es el Verbo en el seno de María.

JOSÉ MÁXIMO LLEDÓ
Los demás santos son piedras preciosas, el Verbo es perla. Dos cosas los diferencian: primero, la piedra fina tiene su origen en los minerales de la tierra, mientras que la perla proviene de lo alto del cielo, es decir, del aire. Segundo, la piedra preciosa es por naturaleza tosca, informe, no trabajada, necesita ser perfeccionada, pulida, labrada; sin embargo, la perla no precisa nada de eso, Sino que tiene y conserva su forma natural y su brillo. Igual aquí, el santo procede de la tierra, el Verbo del cielo. “El que proviene de la tierra es terreno y habla de la tierra; el que ha venido del cielo está por encima de todos” (Jn 3,31). Mas aún, todo santo necesita esforzarse muchísimo para llegar a la perfección, mientras que Cristo es perfectísimo desde el principio y sin esfuerzo.
Y entra en juego la Santísima Virgen. Aunque ella, dice el Santo, igual que los demás santos, evidentemente, sea una piedra preciosa por su nacimiento, sin embargo, por su condición es una perla, pues nació con un brillo deslumbrante sin que precisara labor de cincel. Así pues, lo mismo que Cristo, Hijo de Dios del hombre, tiene a gala lo que recibió de María Llamándose Hijo del hombre, así la Virgen se gloria también de lo que recibió de ÉL. Ella no es una simple piedra preciosa, es una perla, porque por naturaleza es piedra, pero por gracia es perla finísima.El valor de una perla se barema teniendo en cuenta cuatro cualidades de la misma: tamaño, brillo, forma y peso.
El tamaño. Es grande, lo reconoce ella en el canto del Magníficat: “Porque ha hecho en mí cosas grandes el que es Poderoso” (Le 1,49). Es esplendorosa: “Eres toda hermosa, amiga mía, no hay en ti defecto alguno” (Cn 4,7); no hay en ella sombra de pecado original, ni venial ni mortal. Fue, además, redonda.
Todos los santos eran figuras con salientes porque en algunas virtudes sobresalían más que en otras (Moisés, legislador; Daniel, prudencia; Salomón, sabiduría…) Pero no ha salido otro en el mundo como la Virgen María. Ella posee en grado heroico todas las virtudes (San Bernardo). La Virgen es, por tanto, una esfera, cuyo centro es Dios. Y nuestra preciosa perla no sólo sobrepasa, y con mucho, a todos los patriarcas y profetas del Antiguo Testamento, sino también a los apóstoles y a todos los santos de Nuevo Y, por fin, es perla por el peso. Sobre este peso decía Alejandro de Hales: “Ella sola, un platillo de la balanza, pesa más que los coros y los ángeles de todo el mundo en el otro. Así, si por un imposible tuviera que desaparecer uno de los platillos, Dios consentiría de mejor grado la desaparición de aquél en él no está la Virgen”Pero no está en esto su principal valía, su valoración Por sus dotes naturales, no es la correcta: Ten en cuenta la gracia, fíjate en su exaltación. Es la primera en su de todas las criaturas, la patrona de la Iglesia universal, la Reina de los ángeles, en suma, la Madre de Dios: ahí, está el valor de nuestra preciosísima perla.